En una charla sincera, la actriz reflexionó sobre la exposición desde chica y contó cómo vive hoy ese lugar que nunca eligió del todo.

Cargar con un apellido conocido no siempre se siente como un privilegio. A veces es un ruido constante, otras una presión que aparece cuando menos lo esperás. De eso habló Barbie Vélez en una nota reciente, donde dejó frases directas y un tono honesto que llamó la atención.
La actriz fue entrevistada en Puro Show (El Trece) y, a partir de una pregunta de Angie Balbiani, se permitió mirar hacia atrás. Crecer siendo la hija de Nazarena Vélez no fue algo que la incomodara desde lo profesional, pero sí tuvo sus costos en lo cotidiano. “Sería hipócrita si dijera que fue un peso”, aclaró, al reconocer que ese apellido le abrió puertas y le permitió llegar a castings que quizás de otro modo no habría tenido.
Igual, enseguida marcó un límite. Porque una cosa es el acceso y otra, la mirada ajena. Barbie contó que todavía hoy la siguen presentando como “la hija de Nazarena” y que eso no le molesta, pero recordó situaciones en las que las peleas públicas de su mamá terminaban afectándola a ella. “Si ella se peleaba con alguien, esa persona me quitaba el saludo. Se lo tomaban personal conmigo”, dijo, sin dramatizar.
La exposición que no se apaga
Hubo un momento más íntimo cuando habló del costado emocional. Reveló que, siendo chica, le pedía a su mamá que no se mostrara vulnerable en público. Verla llorar la angustiaba. No era una crítica, sino una forma de cuidarse a sí misma en medio de tanta exposición.
En ese mismo clima, apareció un tema lateral que también sumó ruido mediático: el romance fugaz de su hermano, Gonzalo “el Chino” Agostini, con La Tana, ex participante de Gran Hermano. Barbie lo contó entre risas: se enteraron tanto del inicio como del final por las redes. “Estábamos con mi mamá en el teatro, vimos el video y no entendíamos nada”, recordó. Después, todo se diluyó tan rápido como había empezado.
Al final, Barbie volvió al eje. A ese desgaste silencioso que no siempre se ve. Ser parte de una familia famosa puede abrir caminos, sí. Pero también deja marcas. Y aprender a convivir con eso, parece, es una decisión que se toma todos los días.








