Durante la presidencia del riojano, la actual conductora frecuentó la residencia oficial sin figurar en ningún registro. Detrás de esas visitas hubo un circuito paralelo que evitaba dejar rastros y que todavía hoy no termina de cerrarse del todo.

La historia entre Amalia Yuyito González y Carlos Menem no se sostiene en grandes declaraciones ni en escándalos televisivos. Lo que la define es otra cosa: lo que no aparece en ningún registro.
Todo empieza en los años 80, en una cena en La Rioja. De ese encuentro quedó una imagen que todavía circula: ella sentada sobre sus rodillas. Con el tiempo, Yuyito aclaró que fue un “juego de salón”, pero también dejó en claro que la atracción existía desde ese primer momento.
Cuando Menem llegó a la Casa Rosada, el vínculo cambió de escala. Empezaron a circular versiones sobre encuentros en la Quinta de Olivos, pero había un dato que no cerraba: su nombre no figuraba en ningún registro oficial.
EL CIRCUITO QUE NO QUEDABA ASENTADO
Con los años, la propia Yuyito confirmó que frecuentaba la residencia presidencial. Pero ahí aparece el punto que sostiene la intriga: esos encuentros no formaban parte de ninguna agenda institucional. No había planillas, ni protocolo visible, ni constancia formal.
Según lo que se conoce, las visitas se manejaban por fuera de los circuitos habituales, con un nivel de cuidado que evitaba dejar rastros. Ese esquema no solo explica la falta de registros, sino también por qué la historia nunca derivó en un conflicto público como ocurrió con otros vínculos del expresidente.
En ese contexto hay un momento que cambia la lectura. No es una frase textual ni una confirmación directa, sino la forma en que ella lo recuerda hoy. El tono, la pausa y un detalle en su relato terminan de completar lo que no quedó escrito.
EL PUNTO QUE SIGUE ABIERTO
Después de ese momento, la historia se corre hacia otro eje que durante años alimentó versiones: los bienes. Alrededor de la figura de Menem siempre circularon relatos sobre regalos de alto valor, y en este caso también apareció la sospecha de una propiedad vinculada a Yuyito.
Sin embargo, nunca hubo documentación que lo confirmara. Cada vez que fue consultada, eligió no avanzar sobre ese terreno y poner el foco en el trato personal, destacando el estilo que, según su mirada, caracterizaba al expresidente. Esa decisión dejó una zona gris que nunca terminó de cerrarse.
LO QUE MARCA LA DIFERENCIA
Lo que termina de diferenciar esta historia es lo que pasó después. A diferencia de otros vínculos del entorno presidencial, no hubo reconstrucciones públicas ni exposición mediática posterior.
Con el tiempo, su acercamiento a la fe marcó un límite claro sobre cuánto estaba dispuesta a contar. Muchos aspectos quedaron sin desarrollo, sin detalles y sin una versión completa.
Ese silencio no cerró la historia. La dejó abierta.








