Mientras estallan los chats de Martín Migueles, Wanda elige mostrarse distinta y deja más preguntas que certezas.

Nada fue normal para Wanda Nara desde que los chats de Martín Migueles salieron a la luz en el prime time. En pocas horas, lo que era un rumor tomó forma de prueba concreta y la tensión se instaló de lleno en la casa de Punta del Este donde la mediática pasaba las fiestas con sus hijos.
El primer gesto fue silencioso pero contundente: dejó de seguir a Migueles en Instagram. No hubo comunicado, no hubo descargo. Solo ese movimiento y, después, una seguidilla de imágenes que llamaron la atención de todos.
Desde Intrusos aseguraron que la situación estaba “bastante complicada” y que Migueles permanecía atrincherado en la vivienda, afectado y sin entender cómo todo se desmoronó tan rápido. Pilar Smith fue más directa en redes: habló de una pelea, de mentiras y de una desilusión profunda.
Postales que desconciertan
Lejos de mostrarse abatida, Wanda Nara compartió escenas de aparente normalidad. Collaritos hechos con sus hijas, risas en la pileta y un simple “Buen día” acompañado por un corazón atravesado. Gestos mínimos, pero cargados de lectura en medio del escándalo que involucra a Migueles y a Claudia Ciardone.
Paula Varela sumó otro matiz: desde el entorno cercano aseguran que Wanda está mal, que el golpe fue fuerte, aunque eligió no exponer ese dolor públicamente. Migueles, en cambio, seguiría encerrado, intentando procesar el impacto de las conversaciones filtradas y su difusión mediática.

La tensión sigue latente en Punta del Este, con un Año Nuevo en puerta y una relación que quedó en pausa, o quizás algo más.
Por ahora, Wanda Nara habla sin hablar. Y en ese silencio medido, la incomodidad y el quiebre parecen decirlo todo.








