Soledad Aquino y el detalle que marcó para siempre el duelo con Marcelo Tinelli

Más de cuatro décadas después, Soledad Aquino volvió sobre la pérdida de su primer hijo con una frase que no pasó desapercibida. No habló del dolor en abstracto, sino de un gesto mínimo, casi administrativo, que todavía hoy le resulta imposible de aceptar.

Soledad Aquino y el detalle que marcó para siempre el duelo con Marcelo Tinelli

El dato más revelador del relato de Soledad Aquino no fue la muerte de su primer hijo, ni siquiera el modo en que ocurrió. Fue lo que vino después. Un detalle que ella misma reconoció haber evitado durante años, como si no mirarlo fuera una forma de sobrevivir.

“Yo no lo quise conocer, pero él sí lo sostuvo en brazos, lo llevó a la Recoleta y lo enterró solo”, contó sobre Marcelo Tinelli. La escena, seca y sin adornos, expone una asimetría emocional difícil de ordenar incluso con el paso del tiempo.

Aquino tenía entonces poco más de veinte años. La interrupción del embarazo se produjo por un desplazamiento de placenta y el bebé, al que iban a llamar Santiago, murió antes de nacer. Ella no pudo enfrentarse a ese cuerpo. Tinelli sí. Y esa diferencia, lejos de cerrarse, quedó flotando como una tensión silenciosa.

El llanto que otros vieron

El relato avanzó con una imagen indirecta, casi lateral, pero poderosa. No fue Soledad quien vio llorar a Tinelli, sino su madre. “Me contaba que lo veía llorar por mí y por el bebé que ya no estaba”, recordó.

No hay épica en esa frase. Hay fragilidad. Y también una advertencia: mientras ella estaba “más del otro lado que acá”, él repetía que no podía perderla. El duelo, en ese momento, no fue compartido. Fue paralelo.

El nombre que no figuraba

Años después, cuando la familia volvió a la bóveda de Recoleta por la muerte de una tía, Aquino se topó con algo que no esperaba. El cajoncito decía “N.N. Tinelli”.

“Me desmayé”, dijo. No por el recuerdo, sino por lo que sintió como una negación. “¿Cómo N.N., si para mí había nacido y tenía un nombre?”, se preguntó. El enojo no fue contra nadie en particular, sino contra esa formalidad que no contempló lo que ella sí sentía como real.

Ahí aparece el núcleo de su testimonio: no la muerte, sino la falta de registro. La sensación de que, para el mundo, ese hijo no existió del todo.

Una presencia que no se fue

“Santiago existe”, afirmó sin vueltas. “Las mamás sentimos a los hijos en el cuerpo”. No habló de fe ni de consuelo. Habló de permanencia.

En su relato no hay reproches explícitos, pero sí una incomodidad que sigue vigente. La de haber atravesado el mismo hecho desde lugares opuestos y de cargar, hasta hoy, con una ausencia que nunca terminó de tener nombre para todos.

Más que una confesión tardía, lo que dejó Aquino fue una pregunta abierta: ¿qué pasa con los duelos que no se comparten del mismo modo? ¿Dónde quedan cuando el tiempo pasa, pero el detalle que dolió sigue intacto?

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