Lejos de los gestos grandilocuentes, Rocío Pardo habló de su matrimonio desde un lugar cotidiano. Un detalle simple, dicho sin vueltas, dejó ver cómo se vive el amor puertas adentro.

A dos meses del casamiento, Rocío Pardo eligió correrse del molde romántico y contar algo mucho más cercano sobre su vida con Nicolás Cabré. No hubo frases ensayadas ni declaraciones solemnes. Hubo, en cambio, una escena doméstica que descolocó por lo real.
En una charla reciente con Intrusos, la actriz describió cómo es un día común en su casa. Lo hizo casi al pasar, con naturalidad, como quien enumera rutinas sin pensar demasiado en el impacto. “Nos levantamos, jugamos a la play, vamos a entrenar, somos una pareja…”, dijo. Nada extraordinario. Justamente por eso llamó la atención.
Cuando el periodista Pablo Layús mostró sorpresa, Rocío fue un paso más allá y detalló uno de los rituales que comparten. “Sí, jugamos al FIFA, a full. Yo me pego una calentura con el FIFA, pero bien. Lo pasamos bien”, contó, entre risas. La imagen es clara: dos personas recién casadas, joystick en mano, compitiendo como cualquier pareja que se conoce de memoria.
Ese hábito, según ella, no es una anécdota menor. De hecho, a veces se impone incluso sobre las obligaciones laborales. “Antes de ir al teatro, partidito. Partido y revancha, siempre. Hoy llegamos tarde por estar jugando a la play”, admitió. Lo dijo sin culpa, como quien entiende que ahí también se construye algo.
La complicidad se extiende más allá del living. Rocío atraviesa un momento particular: dirige Ni media palabra, la obra que Cabré protagoniza junto a Mariano Martínez y Bicho Gómez en Carlos Paz. Trabajar juntos, aseguró, no fue un problema. “Es muy fácil”, dijo, y explicó que el vínculo que tienen hace que el paso de la pareja al trabajo sea natural, casi sin fricción.
Al final, no hubo grandes definiciones. Solo una frase que resume el clima de esta etapa. “Estoy enamorada, me acabo de casar, siempre digo que tengo de esposo a mi mejor amigo”. Una manera simple de decir que, más allá del altar, el amor se sostiene en esos gestos chicos que no siempre se ven, pero dicen mucho.








