El periodista fue sorprendido en una casa en obra en Hurlingham y quedó marcado por un pedido que rompió la lógica del robo.

A las siete y media de la mañana, cuando el barrio todavía desperezaba el lunes, Nicolás Wiñazki estaba solo dentro de una casa en obra en Hurlingham. Esperaba a los pintores. No vivía ahí todavía. El frente tenía un cartel de “vendido” y adentro no había muebles, apenas herramientas, polvo y silencio. Ese clima se rompió de golpe.
Dos jóvenes encapuchados entraron armados. No hubo tiempo para reaccionar. Lo apuntaron y exigieron dinero. Uno de ellos gritó una frase seca, directa, de esas que no dejan margen: “Dame toda la plata, tenés plata”. La tensión se volvió inmediata, física, imposible de disimular.
Le sacaron lo que llevaba encima: unos 200 dólares, alrededor de 60 mil pesos y una mochila con objetos personales. También una computadora portátil y una Nintendo Switch que pertenece a uno de sus hijos. No hubo golpes, pero sí armas apuntando, metros cortos y segundos largos.
En medio de ese clima, Wiñazki intentó explicar que la casa estaba en refacción, que no había nada más. Y entonces hizo algo inesperado. Miró a uno de los ladrones y pidió: “¿No me dejás el celular, que es mi herramienta de trabajo?”. La frase quedó flotando. Contra lo que suele pasar en este tipo de hechos, accedieron. El teléfono quedó en su poder.

Un diálogo tenso y una huida rápida
El periodista intentó mantener la calma. Incluso les advirtió que en minutos llegarían los pintores y que era mejor irse rápido. No fue una amenaza, fue una salida. Los asaltantes entendieron el mensaje y se fueron.
Escaparon en un auto oscuro. Los investigadores analizan si se trata de un Peugeot 308 negro denunciado como robado días antes en Morón, aunque esa línea todavía no está confirmada. No hay detenidos.
La causa quedó en manos de la UFI N.º 8 de Morón. Se revisan cámaras de seguridad de la zona para reconstruir el recorrido de los delincuentes. El dato concreto es uno solo: el robo ocurrió, fue violento, y dejó una escena difícil de borrar.
A veces no es lo que se llevan lo que más pesa, sino ese instante en el que todo queda en manos de otros. Y el alivio mínimo, casi absurdo, de conservar lo único que permite seguir trabajando al día siguiente.








