En Almorzando con Juana, la actriz habló sin filtros sobre sus primeros pasos en la televisión y la necesidad que la empujó a crecer antes de tiempo.

Nazarena Vélez no dudó cuando Juana Viale le preguntó por sus inicios en la televisión. La respuesta salió directa, casi sin preparación, y dejó al estudio en silencio por un instante: tenía apenas 14 años cuando empezó a trabajar de la mano de Gerardo Sofovich. No lo dijo desde la nostalgia ni desde la queja, sino como quien vuelve a mirar una escena clave de su propia vida.
“Lo pensás y es una demencia”, lanzó Juana. Nazarena asintió enseguida. Pero aclaró algo que cambió el tono del relato: desde chica sabía que quería estar ahí. Miraba el detrás de cámara, observaba cómo funcionaba la tele y, además, necesitaba trabajar. No por ambición, sino por algo mucho más simple y crudo: quería tener su propio dinero.

En ese punto apareció el costado más íntimo del recuerdo. Nazarena contó que es la tercera de seis hermanos, que en su casa nunca faltó lo esencial, pero tampoco sobraba. Y que, por vergüenza, evitaba pedirle plata a su papá. Trabajar, para ella, era una forma de no molestar, de arreglárselas sola. Tenía claro lo que quería y también lo que no quería cargar sobre otros.
El camino no fue el típico. No hubo un casting tradicional al principio. Participó en Miss Quilmes, donde el premio era dinero. Su objetivo era concreto y hasta inocente: comprarse una bicicleta de carrera. Ganó una beca, empezó a ir a castings y, casi sin darse cuenta, comenzó a quedar. Esa misma escuela tenía agencia, y ahí apareció Sofovich, una figura central de la televisión de esa época.

Con el paso del relato, Nazarena también se permitió el humor. Recordó cómo le llamaba la atención la capacidad de Sofovich para convertir gestos simples en grandes éxitos televisivos. “Facturaba cortando una manzana”, dijo entre risas, contagiando al estudio entero.
El recuerdo no fue incómodo ni solemne. Fue, más bien, una mirada sincera sobre crecer rápido, sobre entender el trabajo desde chica y sobre cómo esas primeras decisiones terminan marcando un camino que, con el tiempo, se vuelve imposible de separar de la propia identidad.








