La voz que llevó la identidad del sur a los grandes escenarios se apagó a los 69 años. Su partida deja una ausencia difícil de nombrar.

La noticia llegó sin vueltas y golpeó fuerte. Este jueves murió Rubén Patagonia en Comodoro Rivadavia, la ciudad donde nació y a la que nunca dejó de volver. Tenía 69 años y atravesaba un delicado cuadro de salud. Estaba internado desde hacía días. Hubo pedidos de dadores de sangre, gestos solidarios, expectativa. No alcanzó.
En el ambiente del folklore, el silencio fue inmediato. No solo por la muerte de un músico, sino por la partida de una voz que incomodaba, que recordaba, que decía lo que muchos preferían no escuchar. Rubén Patagonia no cantaba para adornar. Cantaba para señalar.
Nacido como Rubén Chauque, descendiente de tehuelches, empezó a recorrer escenarios en los años setenta con una idea clara: usar el arte como herramienta de memoria. Desde entonces, su obra estuvo atravesada por la identidad mapuche, aonikenk y selk’nam, siempre desde un lugar directo, sin solemnidad impostada.
Una voz que cruzó fronteras
Su música no quedó encerrada en el folklore tradicional. Al contrario. Supo tender puentes con el rock nacional y ganó respeto por autenticidad, no por estrategia. Compartió escenarios y proyectos con bandas y artistas de peso, y logró que el reclamo de los pueblos originarios llegara a lugares donde antes no entraba: festivales masivos, teatros, estadios.
Ese cruce no diluyó su mensaje. Lo amplificó. Rubén Patagonia llevaba la Patagonia encima, en la voz, en el cuerpo, en la manera de plantarse.
Más que un músico
Su presencia también marcó al cine y a la educación. Actuó en películas argentinas y producciones internacionales, y en 1984 creó el taller “Volver a Ser Uno”, pensado para transmitir las culturas nativas del sur a nuevas generaciones. No era un proyecto paralelo: era parte del mismo camino.
La confirmación de su muerte generó mensajes de dolor y reconocimiento. Desde el Instituto Nacional de la Música hasta artistas como León Gieco, muchos lo despidieron como a un referente, un faro, alguien necesario.
Rubén Patagonia se fue, pero no se apagó. Su voz queda, insistente, como quedan las cosas que incomodan porque son verdad. En el folklore argentino, ese vacío ya se siente.








