Mirtha Legrand quedó en silencio tras un anuncio de salud inesperado

Un testimonio sincero cambió el clima de la mesa y dejó a todos atentos. La historia, contada sin estridencias, tocó una fibra sensible.

Mirtha Legrand quedó en silencio tras un anuncio de salud inesperado

La mesa de Mirtha Legrand suele avanzar con ritmo propio, entre anécdotas, risas medidas y alguna pregunta filosa. Pero esta vez algo se quebró. Hubo un instante breve, casi imperceptible, en el que el aire cambió. Fue cuando Sandra Mihanovich habló de su ahijada, Sonsoles Rey, y dijo una frase que no necesitó énfasis para impactar: necesita un nuevo trasplante.

Mirtha escuchó sin interrumpir. No hubo repregunta inmediata ni comentario al pasar. Ese silencio fue, quizás, lo más elocuente del momento. La historia que seguía no era nueva, pero sí volvió a doler. En 2012, Sandra le había donado un riñón a Sonsoles, un gesto que se volvió símbolo y que impulsó a muchos a hablar de donación de órganos en el país. Hoy, más de una década después, la situación volvió a tensarse.

Sonsoles convive con un síndrome nefrótico y espera otra oportunidad. Sandra lo contó con voz firme, aunque atravesada por la emoción. Dijo que, cuando se supo que necesitaba un nuevo trasplante, diez personas de su entorno se ofrecieron para donar. Amigos, gente cercana, sin dudarlo. Ninguno resultó compatible. “Eso te parte y te sostiene al mismo tiempo”, pareció sugerir el relato, aun sin decirlo.

Una espera que no se detiene

En medio de esa espera, Sonsoles sigue adelante. Trabaja, cría a su hijo León, que tiene 15 años, y mantiene una rutina marcada por la diálisis. También eligió contar su propia historia en un libro, De nuevo sale el sol, donde habla de resiliencia y del vínculo profundo con Sandra, a quien siempre definió como su “otra mamá”.

El testimonio no buscó conmover desde el golpe bajo. Fue directo, humano, sin adornos. Tal vez por eso impactó más. Porque mostró una realidad que no se resuelve en un programa de televisión ni en un aplauso final. La mesa siguió, el programa también. Pero algo quedó flotando, como una tensión silenciosa que recordó que, a veces, la vida real se cuela en la tele sin pedir permiso.

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