Educación japonesa, simulacros familiares y una enfermedad que la obligó a frenar: recuerdos que hoy explican mucho más de lo que parece.

Hay escenas de la infancia que vuelven solas, sin aviso. Un gesto aprendido, una reacción automática, una forma de estar alerta incluso cuando todo parece tranquilo. Algo de eso aparece cada vez que Minerva Casero habla de sus primeros años, marcados por experiencias poco comunes que todavía hoy la acompañan.
No fue una infancia igual a la de sus hermanos. Minerva pasó por una escuela japonesa en Buenos Aires, un universo con reglas propias, donde la disciplina y el orden no eran conceptos abstractos. La rutina incluía prácticas que en otros colegios resultaban extrañas, como simulacros de terremotos que se repetían con frecuencia. Para ella, no eran juegos: eran parte del día a día, una forma concreta de aprender a reaccionar.
Esa lógica no quedaba solo en el aula. En la casa familiar, Alfredo Casero replicaba, a su manera, esas dinámicas. Organizaba simulacros domésticos que mezclaban humor, sorpresa y enseñanza. Escenarios improvisados que exigían atención, rapidez y adaptación. Con el tiempo, esos momentos se volvieron una marca íntima de la familia, una forma particular de transmitir valores sin discursos largos.

El momento en que su cuerpo le pidió frenar
Años después, otro episodio dejó huella. Ya en su juventud, Minerva atravesó un problema de salud que la obligó a frenar de golpe. No habló de diagnósticos ni etiquetas. Sí de sensaciones. Lo definió como un “despertar fuerte, una sacudida” que la llevó a revisar hábitos, tiempos y prioridades. Un antes y un después que no solo impactó en su rutina, sino también en su manera de vincularse con los demás y con su propio trabajo.

Desde entonces, el cuidado personal pasó a ocupar otro lugar. Cambiaron las prácticas cotidianas, pero también la mirada. Lo que antes parecía secundario empezó a pesar más. Esa experiencia, lejos de quedar encapsulada en el pasado, se filtró en su recorrido artístico y en la forma en que encara cada proyecto.
Con participaciones en teatro y televisión, Minerva Casero fue construyendo su camino en el espectáculo argentino, siempre con una identidad propia. Detrás de esa búsqueda aparecen, casi sin nombrarlas, aquellas escenas iniciales: la escuela distinta, los simulacros inesperados, la enfermedad que obligó a parar. Fragmentos de una historia que, todavía hoy, siguen diciendo algo más.








