La cocinera recordó el instante más duro de su historia personal y compartió detalles íntimos de una noche que todavía la acompaña.

El teléfono sonó a las cuatro de la mañana. No fue una llamada más. Fue ese sonido seco, fuera de hora, el que todavía hoy Maru Botana recuerda como el inicio de todo. Con el paso del tiempo, decidió ponerle palabras a ese momento que marcó un quiebre definitivo en su vida y en la de su familia.
En una entrevista con Sofía Calvo para Hispaok, la cocinera reconstruyó esa madrugada con una precisión que estremece. Días antes había pedido permiso en el canal para tomarse unas breves vacaciones en el sur. Facundo, su hijo, había quedado al cuidado de sus abuelos. Nada parecía fuera de lo normal, aunque hoy cada escena previa adquiere otro peso.
Hubo un gesto que quedó grabado para siempre. Antes de irse, Maru acomodó a Facu en el medio de la cama y sus hermanos se recostaron a cada lado. “Les dije que parecía que lo estuvieran velando”, contó, sin dramatizar, como quien relata algo que recién con el tiempo entendió.
Durante esos días, el contacto con su mamá fue permanente. Se hablaban todo el tiempo, para saber cómo estaba el nene. Facundo dormía mal y la explicación parecía simple, cotidiana. “Pensó que se quedaba con hambre y dijo que le iba a dar una sopita”, recordó. Nada hacía prever lo que vendría después.

La llamada que nadie espera
La frase llegó sin rodeos. Del otro lado del teléfono, Berni fue directo: “Te voy a decir lo más feo que vas a escuchar en tu vida. Falleció Facu”. Maru contó que en ese instante sintió que todo se apagaba. Entendía las palabras, pero no lograba asimilarlas. Incluso llegó a pensar que al llegar podría despertarlo y que todo estaría bien.
El impacto también atravesó a sus otros hijos. Las preguntas, los gritos, el desconcierto. “¿Por qué lo dejaste?”, le dijo el mayor. Contarles fue, según ella, una tortura. Caótico, desgarrador, imposible de ordenar.
Con los años, Maru Botana pudo narrar ese recuerdo sin levantar la voz, pero sin suavizarlo. Porque hay momentos que no pasan. Solo se acomodan en el corazón y siguen ahí, marcando el pulso de todo lo que vino después.








