Hubo un momento, hacia fines de los años 90, en el que Mariana Fabbiani entendió que no quería ser solo “la chica que acompaña”. Estaba frente a cámara, el trabajo funcionaba, pero algo no terminaba de cerrar. Esa incomodidad —silenciosa, personal— fue la que empezó a marcar su camino. No hubo escándalos ni golpes de efecto. Hubo decisiones.

Mariana nació en Buenos Aires en 1975 y su primer acercamiento al mundo del espectáculo fue como modelo publicitaria, en una época donde ese recorrido era una puerta de entrada habitual. La televisión llegó poco después, de la mano de Raúl Portal, quien la sumó a sus programas cuando todavía era una cara desconocida para el gran público. Ese fue uno de sus primeros puntos de partida televisivos: las primeras cámaras, el aprendizaje del aire, el ritmo del vivo y la exposición cotidiana.
El reconocimiento masivo llegó después. En la segunda mitad de los años 90, Mariana dio el salto que la puso definitivamente en el radar grande con “El Rayo”, el programa juvenil que condujo junto a Julián Weich. Ahí apareció una figura fresca, espontánea, con una naturalidad que no era tan común en la conducción de ese momento. El ciclo la mostró todos los días, en vivo, frente a un público amplio y diverso.
Ese fue su primer impulso real hacia la fama. “El Rayo” no solo la hizo conocida: la obligó a aprender rápido. A entender los tiempos de la televisión, la dinámica del aire y el peso de cada palabra. Y también le dejó una enseñanza clave: si quería durar, tenía que correrse del molde y construir algo propio.
El crecimiento fue sostenido, no explosivo. Pasó por ficciones como “Son amores”, donde mostró una faceta actoral que muchos no le conocían, y siguió consolidándose como una presencia confiable en pantalla. Sin embargo, su lugar definitivo empezó a tomar forma cuando se volcó de lleno a la conducción, un terreno donde encontró identidad.
El gran giro llegó con “RSM” (El resumen de los medios), el ciclo que condujo durante años en América. Ahí Mariana dejó de ser solo una conductora más: se volvió una referencia. El programa combinaba actualidad, ironía y análisis mediático, y ella logró algo difícil: manejar paneles intensos sin perder el control ni el tono. Ese rol marcó su consolidación profesional. Ya no estaba “en crecimiento”: estaba instalada.
Después vinieron otros formatos que reforzaron esa imagen. “El Diario de Mariana” fue clave para acercarla a un público más amplio, con temas cotidianos, sociales y humanos. Supo correrse del personaje liviano y asumir un rol más adulto y empático, sin impostar solemnidad. La cercanía se volvió su sello.
A lo largo de los años, también tomó decisiones que hablan de una carrera pensada. Supo bajarse de proyectos, cambiar de canal y priorizar tiempos personales sin desaparecer del mapa. En un medio que suele castigar las pausas, logró algo poco frecuente: volver siempre desde un lugar sólido.
Hoy, Mariana Fabbiani es una figura reconocida no solo por su trayectoria, sino por la coherencia de su recorrido. No necesitó reinventarse cada temporada ni subirse a polémicas ajenas. Construyó una carrera paso a paso, entendiendo el medio, respetando al público y, sobre todo, marcando límites propios.
Quizás por eso sigue vigente. Porque detrás de la conductora hay una profesional que aprendió temprano que la exposición es pasajera, pero el camino —si está bien elegido— puede durar muchos años.








