La actriz detectó un bulto el lunes y el martes ya estaba entregando a su hijo de un mes y medio a los cirujanos. El relato de una escena que la desarmó mientras esperaba detrás de la puerta.

Juana Repetto pasó de una revisión de rutina a una cirugía de urgencia en menos de veinticuatro horas. El lunes le detectó una hernia inguinal a su hijo Timoteo, de apenas un mes y medio, y el martes ya estaba entrando a la clínica. La velocidad del diagnóstico no le dio tiempo a procesar el impacto hasta que se vio frente a la puerta del quirófano.
“Ayer operamos a Timoteo de una hernia inguinal que le descubrí el lunes”, contó una vez que el peligro había pasado. Eligió el silencio hasta estar de vuelta en su casa, cuando la adrenalina bajó y pudo poner en palabras la secuencia que la mantuvo en vilo.
La intervención fue un éxito y la reacción del bebé trajo el primer respiro. “Se recuperó al toque de la anestesia, tomó teta perfecto y ya hizo pis”, detalló. Esos signos vitales fueron la confirmación de que el cuerpo del recién nacido estaba resistiendo bien el proceso quirúrgico.

EL SEGUNDO EN QUE TUVO QUE SOLTARLO
Pero el relato de Juana no se quedó en el parte médico. La actriz hizo foco en el instante exacto donde la situación se le volvió inmanejable. “Dejar en la camilla del quirófano dormido a un bebé de un mes y medio no es nada fácil”, escribió, describiendo una imagen que cualquier madre puede sentir como propia.
Fue más allá y le puso nombre al sentimiento de impotencia absoluta: “Es extremadamente angustiante salir de ahí y ver a tu bebé inconsciente a punto de ser operado”. No hubo metáforas ni frases hechas; fue la descripción cruda de una madre separándose de su hijo en el momento de mayor vulnerabilidad.
En ese pasillo, el rol de los profesionales fue el único sostén. “Me contuvieron e hicieron un laburazo”, señaló, remarcando que en ese minuto donde el miedo es total, la diferencia la hizo el trato humano del equipo que cuidó a su hijo.
La recuperación fue tan veloz que el alta llegó esa misma tarde. Timoteo mantuvo los valores estables y mostró señales de hambre enseguida, lo que permitió que la familia abandonara el sanatorio pocas horas después de la cirugía.
Ya con el bebé en su cuna, Juana cerró la historia con una repetición que dice más que cualquier discurso: “Gracias, gracias, gracias”. Fue el punto final para una semana que empezó con un bulto extraño y terminó con el alivio de tener a su hijo en brazos, lejos de las luces del quirófano.








