La modelo recordó a Alfredo con escenas de la infancia y una certeza íntima: el duelo no se supera, se aprende a convivir con él.

Hay frases que se dicen despacio, como para no romper nada. Cuando Ingrid Grudke habló de su hermano menor, Alfredo, eligió una de esas: “Se fue en paz”. La dijo sin dramatizar, casi como quien comparte algo que todavía le acompaña. Y ese tono marcó toda la charla.
En una entrevista reciente con la revista Gente, Ingrid volvió a Oberá, Misiones, con la memoria. No para enumerar recuerdos, sino para habitarlos. Contó que de chicos encerraban ovejas, las montaban y hacían enojar al chivo. Lo dijo sonriendo, pero también con una emoción contenida. “Sigo hablando de él en presente, como si estuviera”, admitió. Alfredo —Fredy para la familia— falleció en 2015, a los 37 años.
Fredy administraba la chacra familiar y atravesaba una enfermedad renal que lo obligaba a diálisis. Convivía, además, con un síndrome nefrótico y una polineuropatía inflamatoria desmielinizante crónica. Ingrid no esquivó ese dato: explicó que era una enfermedad autoinmune “muy cruel” y que sabían que, en algún momento, podía pasar. Aun así, aceptar que el más chico se vaya antes fue duro, sobre todo para su mamá.

La familia como refugio
Ingrid habló de una familia unida, de fotos donde siempre aparecen juntos. “Creo en la construcción de la familia, en el amor que sentís por la persona”, dijo. Ese lazo, insistió, no se improvisa: se trabaja todos los días.
A la pérdida de su hermano se sumaron otras despedidas cercanas. Cinco años después murió su papá, Eduardo. En el medio, también se fueron Jorge Ibáñez y su asistente personal. “Fueron años difíciles”, reconoció. Sin embargo, no habló desde el enojo ni el miedo. “Sé que la muerte es parte de la vida”, afirmó.

Una paz que no borra el dolor
Lejos de una frase hecha, Ingrid explicó de dónde sale esa calma. Dijo que siente paz porque cumplió como hermana, como amiga y como hija. Que resolvió las asperezas a tiempo y que no arrastra reproches. “No le tengo miedo”, confesó, con una serenidad que no niega la tristeza.
Alfredo dejó una hija que hoy tiene diez años y una cuñada que Ingrid siente como una hermana más. “Nos dejó un lindo mensaje a la familia”, cerró. No fue un final solemne. Fue, simplemente, una forma honesta de decir que el amor sigue, aun cuando la ausencia pesa.








