Tenía planeado un gran viaje y una celebración especial, pero algo cambió a último momento. La decisión fue íntima, simple y muy distinta a lo que había imaginado.

Hernán Drago cumplió 50 años con una idea clara en la cabeza: festejar a lo grande. Durante mucho tiempo había fantaseado con un viaje, amigos, planes especiales y una celebración que marcara el cambio de década. Sin embargo, cuando llegó el día, todo eso se desarmó en cuestión de horas.
El giro fue abrupto y silencioso. Drago canceló compromisos laborales, dejó de lado el festejo y pasó su cumpleaños en casa, en pijama, acompañado únicamente por sus hijos. Sin música, sin brindis multitudinario, sin vuelos ni valijas. Solo descanso.
Lejos de una crisis o un bajón, la decisión tuvo otro origen. En medio de un presente laboral intenso, con agenda llena y viajes constantes, el cuerpo y la cabeza pidieron pausa. Y él escuchó. Eligió no subirse a un avión, no cumplir con la expectativa ajena ni con la que él mismo había construido años atrás.
Un presente intenso que pidió freno
Con más de tres décadas de trabajo ininterrumpido, Drago atraviesa uno de sus momentos profesionales más activos. Eso, que podría ser motivo de celebración, también trajo cansancio. Vive entre rutas y aeropuertos, fines de semana afuera y semanas sin demasiados respiros.
El cumpleaños, en ese contexto, funcionó como una excusa válida para decir basta por un día. No por falta de ganas de festejar, sino por la necesidad de quedarse quieto, bajar el ritmo y priorizar lo esencial.
El valor de quedarse
El viaje al sur, a ese lugar que siente como propio, no desapareció de su vida. Simplemente no era ahora. Drago sabe que puede hacerlo en cualquier momento del año. Esta vez, eligió otra cosa: casa, familia y descanso.
La reflexión final fue clara y sin dramatismos. Hay etapas. Hoy el trabajo ocupa casi todo. Más adelante, vendrá el equilibrio. Por ahora, el mejor regalo fue quedarse. A veces, cumplir años también es eso: animarse a cambiar el plan.








