Después de 26 días en terapia intensiva, el chef volvió a hablar. Pero más allá del relato de su crisis, hubo una frase —y una negación puntual— que dejó una grieta abierta con quienes lo asistieron en el Lanín.

Apenas salió de la internación, Christian Petersen eligió contar su versión. No para reconstruir el accidente paso a paso, sino para explicar el clima emocional que lo llevó hasta ahí. Sin embargo, en medio de esa búsqueda de sinceridad apareció un detalle que desacomodó todo: su desmentida frontal a los guías que lo bajaron del volcán.
La tensión no nació en la altura ni en la falla multiorgánica. Nació después, cuando el relato empezó a chocar con otro relato.
La frase que cambió el eje
Petersen habló de un año devastador, de la muerte de su socio, de amenazas, de un cansancio acumulado. Dijo que buscaba calma y que el volcán Lanín iba a ser un retiro espiritual. Pero lo que encontró fue gente, demasiada.
“Parecía la 9 de Julio”, dijo. Multitud, charlas, fotos, ruido. Un combo que —según él— activó ansiedad, claustrofobia y un deseo urgente de bajar.
Hasta ahí, el foco estaba puesto en su salud mental y física. El problema apareció cuando negó de plano el comunicado de la Asociación de Guías de Montaña, que lo había descrito como prepotente.
“Todo mentira”, lanzó. Y ahí el eje dejó de ser el volcán.
Un teléfono que no estaba
Entre las desmentidas, hubo una que llamó la atención incluso de quienes venían siguiendo el caso de lejos. Un guía había dicho que Petersen subió para sacarse selfies. La respuesta fue seca:
“¡Yo no tenía ni teléfono!”
No fue una frase al pasar. Fue una negación total que dejó a los guías en una posición incómoda: o exageraron, o mintieron, o la historia no está completa.
Petersen admitió un cruce puntual —una discusión por la carpa, un pedido para que dejaran de roncar— y aseguró que pidió perdón a quienes correspondía. Pero marcó un límite claro: no aceptó la caracterización general de su conducta.

El enojo que sigue creciendo
Las declaraciones no cerraron el tema. Al contrario. Según contó Fernanda Iglesias en Puro Show, uno de los guías evalúa consultar abogados. No por el accidente, sino por lo que se dijo después.
“No es joda”, advirtió la periodista. En San Martín de los Andes el malestar es real. Los guías sienten que quedaron expuestos, cuestionados en su profesionalismo, y que Petersen habló para “salvarse” él.
Ahí aparece la grieta que todavía no se sutura: dos versiones que no logran encajar del todo.
Autocrítica, pero con límites
Petersen cerró su relato con un tono reflexivo. Dijo que no tiene nada que esconder, que intenta ser ejemplo para sus hijos y su equipo, y que esta vez “le erró”. Habló de escucharse más, de bajar un cambio, de cuidarse.
La autocrítica estuvo. Pero no fue total.
Porque mientras aceptó errores personales, rechazó cualquier responsabilidad en el conflicto con los guías. Y en ese punto, el escándalo deja de ser médico o espiritual: pasa a ser humano. Dos miradas enfrentadas sobre un mismo episodio, sin una versión que logre imponerse del todo.
Por ahora, la montaña quedó atrás. El ruido, no.








