Antes de que el cuerpo dijera basta, hubo una señal mínima: un pedido de silencio y una sensación de encierro que nadie tomó como alarma. Hoy, ese detalle cambia la lectura de todo lo que vino después.

“Si me moría en el Lalín…”.
Christian Petersen se frena en seco al escucharse. No es una frase armada ni una reflexión pensada para impactar. Es una idea que se le escapa y que, segundos después, lo quiebra. Habla de sus hijos, de su familia, de las ganas de vivir. Y ahí aparece el dato menos contado de toda la historia: él no había entendido que su vida estaba realmente en riesgo.
Pasaron menos de dos meses desde aquel ascenso al volcán Lalín, en Neuquén, pero Petersen todavía está procesando lo ocurrido. Recién con el tiempo, y a partir de lo que le explicaron los médicos, empezó a asumir la dimensión real de ese episodio que, en el momento, leyó como algo pasajero.
El silencio que no fue casual
El 12 de diciembre, antes de empezar la excursión, Petersen hizo un pedido que hoy suena distinto.
“Che, yo quiero estar en silencio”, les dijo a las otras siete personas del grupo.
No fue una pose espiritual ni una búsqueda de concentración. Se mantuvo callado durante el ascenso hasta que apareció una sensación difícil de explicar: encierro, incomodidad, una presión que no se iba. Esa incomodidad fue creciendo sin que nadie —ni siquiera él— la tradujera como una señal de alarma.
Durante la noche, el cuerpo habló más claro. Claustrofobia, falta de aire, angustia. Petersen pidió bajar. La respuesta del guía fue técnica, lógica, habitual: no era el momento. Dormir, esperar, bajar al día siguiente.
Para Petersen, eso no alcanzó.
“¡Me quiero bajar ya!”, pensó.
La que entendió antes que nadie
En ese punto aparece un personaje secundario que termina siendo central. Una mujer del grupo, azafata de Aerolíneas Argentinas, acostumbrada a manejar ataques de pánico en pleno vuelo. No lo discutió ni lo minimizó. Lo calmó.
No hubo discursos ni heroísmo. Hubo experiencia. Petersen se fue a dormir. Al día siguiente bajó. Y ahí aparece otro gesto extraño, casi contradictorio con lo que vendría después: describe ese descenso como “feliz”. Bajó corriendo, juntó flores. Como si el cuerpo necesitara moverse, tocar algo vivo, comprobar que seguía ahí.
“Yo estaba bien”, decía él. El cuerpo decía otra cosa
En la base, Prefectura lo frenó. Estaba acelerado. Petersen insistía en que estaba como siempre, con las mismas ganas de vivir, sin sentirse exigido. Aceptó ir al hospital más por confianza que por convicción.
Los médicos no coincidieron con su lectura. En el Hospital Carrillo de San Martín de los Andes detectaron una arritmia. Lo ataron, lo medicaron. Después, un vacío.
Treinta días que no puede reconstruir del todo. “Ellos vieron otra cosa”, admite hoy, con una frase que vuelve a marcar distancia entre lo que él sentía y lo que realmente estaba pasando.
El cuerpo no improvisa
Petersen cree que nada fue aislado. Las secuelas de una intoxicación previa en Brasil —posiblemente dengue—, el esfuerzo físico, la altura, el ataque de pánico. Todo junto. El cuerpo acumuló y, en algún punto, dijo basta.
“Y caí”, resume.
No como una caída literal, sino como una rendición obligada. Hoy se está poniendo de pie de a poco. Y, mirando hacia atrás, hay un detalle que ya no pasa desapercibido: la primera señal no fue el ataque, sino ese silencio pedido antes de subir. Un gesto mínimo que, en retrospectiva, decía mucho más de lo que parecía.








