En Barrio Parque, el actor abrió las puertas de su hogar porteño y dejó ver mucho más que una casa: un espacio pensado para vivir, recordar y compartir, lejos del ruido y de cualquier exceso.

En uno de los rincones más silenciosos y elegantes de la Ciudad de Buenos Aires, Benjamín Vicuña construyó algo que va bastante más allá de una residencia de grandes dimensiones. Su casa, ubicada en Barrio Parque, no impacta solo por sus números —cuatro plantas, cinco dormitorios y ocho baños— sino por el clima que transmite apenas se cruza la puerta.
La primera sensación es de calma. Los ambientes se suceden con naturalidad, sin cortes bruscos ni gestos grandilocuentes. Techos altos, luz que entra generosa por los ventanales y una paleta de tonos neutros que invita a bajar un cambio. Nada parece puesto para impresionar a nadie. Todo, en cambio, parece pensado para ser vivido.
Con casi 500 metros cuadrados, la casa combina una arquitectura clásica, con guiños claros a la vieja Europa, y detalles contemporáneos que la vuelven cómoda y funcional. Molduras, escaleras amplias y proporciones clásicas conviven con espacios abiertos y luminosos. Esa mezcla logra algo poco común: elegancia sin rigidez.


Un hogar atravesado por la memoria
Hay un ambiente que resume el espíritu del lugar. La biblioteca, repleta de libros y objetos personales, funciona como refugio íntimo. Allí se destaca un retrato que no pasa inadvertido: la imagen de Blanca, su hija fallecida. No está como adorno ni como gesto solemne. Está como presencia.
Ese detalle, silencioso pero contundente, atraviesa toda la casa. Habla de memoria, de amor y de una forma de seguir adelante sin esconder lo vivido. El arte, los libros y los recuerdos aparecen en distintos rincones, siempre integrados al espacio, sin imponerse ni buscar protagonismo.

Elegancia pensada para compartir
El exterior completa el recorrido. Un jardín cuidado, una pileta, la parrilla y sectores pensados para el encuentro familiar hacen que la casa se abra hacia la vida social, pero sin perder intimidad. Es fácil imaginar reuniones tranquilas, charlas largas y momentos compartidos, protegidos del ruido de la ciudad.

Más que una mansión, la casa de Benjamín Vicuña es un reflejo de su mundo personal: equilibrio, sensibilidad y una búsqueda constante de armonía. Un hogar que combina belleza y memoria, y que parece decir, sin palabras, que vivir bien también es recordar sin perder el presente.








