Por qué en los días fríos dan más ganas de comer carbohidratos, según la ciencia

El frío puede hacer que el organismo gaste más energía para conservar la temperatura corporal y modificar el uso de sus combustibles. Pero sentir ganas de comer pastas, pan o dulces no significa necesariamente que el cuerpo necesite más carbohidratos: el hambre, los antojos y la respuesta al frío no son exactamente lo mismo.

Por qué en los días fríos dan más ganas de comer carbohidratos, según la ciencia

Un plato de pastas, unas tostadas o algo dulce pueden resultar especialmente tentadores cuando afuera hace frío. La sensación es tan común que aparece una duda lógica: ¿el cuerpo realmente necesita más carbohidratos para combatir las bajas temperaturas o hay otra explicación detrás de ese antojo?

El frío sí modifica algunos procesos del organismo. Para mantener estable la temperatura interna, el cuerpo puede aumentar la producción de calor y el gasto energético. En determinadas condiciones también cambia la proporción de combustibles que utilizan los músculos. Pero eso no significa que, cada vez que baja la temperatura, aparezca una necesidad automática de comer más carbohidratos.

Qué hace el organismo para mantenerse caliente

El cuerpo intenta conservar una temperatura interna relativamente estable. Cuando el ambiente se enfría, pierde calor hacia el exterior y pone en marcha distintos mecanismos para compensarlo.

Uno de ellos es la termogénesis, el proceso mediante el cual se genera calor. Puede producirse sin movimientos visibles y, cuando la exposición al frío es suficientemente intensa, aparecen los escalofríos: contracciones musculares involuntarias que aumentan la producción de calor.

También puede activarse el tejido adiposo marrón, especializado en producir calor sin necesidad de escalofríos. En adultos existe este tejido y su actividad puede aumentar con la exposición al frío. La respuesta, sin embargo, no es idéntica en todas las personas y depende de factores como la temperatura, la duración de la exposición y las características individuales.

Por eso hay una primera aclaración importante: sí, el frío puede hacer que el organismo gaste más energía, pero cuánto aumenta ese gasto depende de las condiciones.

No es comparable pasar varias horas expuesto al frío con poca ropa que estar en una casa calefaccionada con abrigo. Tampoco tiene la misma respuesta una persona acostumbrada a las bajas temperaturas que alguien que rara vez se expone a ellas.

Una revisión de la evidencia disponible concluyó que en humanos la exposición al frío produce aumentos relativamente pequeños del gasto energético, mientras que todavía hay menos información sobre cómo ese cambio repercute sobre la cantidad de comida que las personas consumen.

Por qué los carbohidratos aparecen en la explicación

La relación con los carbohidratos se entiende mejor cuando se observa qué combustibles utiliza el cuerpo para generar calor.

Durante una exposición intensa al frío, especialmente cuando aparecen escalofríos, los músculos necesitan producir energía de manera continua. Para hacerlo recurren a distintas fuentes: glucosa, glucógeno muscular y grasas.

Un estudio realizado en hombres expuestos durante dos horas a un frío intenso encontró aumentos en la utilización de glucosa, glucógeno muscular y lípidos. Sin embargo, el resultado también mostró que las grasas tuvieron un peso muy importante en la producción de calor y que el glucógeno muscular fue la principal fuente de carbohidratos utilizada en esa situación.

El glucógeno es la forma en que el organismo almacena carbohidratos principalmente en músculos e hígado. Cuando aumenta la actividad muscular, esas reservas pueden utilizarse para obtener energía con rapidez.

Otro estudio observó que, a medida que se intensificaban los escalofríos provocados por el frío, aumentaba el uso de glucógeno muscular. Eso ayuda a explicar por qué los carbohidratos forman parte de la respuesta metabólica frente al frío intenso.

Pero acá aparece una diferencia fundamental: que el organismo use carbohidratos como combustible no significa que el cerebro esté enviando una orden para comerlos.

El metabolismo y el apetito están relacionados, pero no son el mismo proceso.

Tener ganas de comer no siempre significa tener más hambre

Si el frío obliga al cuerpo a gastar más energía, podría parecer lógico pensar que la respuesta inmediata será comer más. Los experimentos con frío moderado muestran que no necesariamente ocurre así.

En un estudio con 10 voluntarios, cinco hombres y cinco mujeres fueron expuestos durante dos horas y media a 18 °C o a una temperatura de 24 °C. El frío aumentó el gasto energético, pero no produjo diferencias significativas en el hambre, la saciedad ni la cantidad de comida ingerida después de la exposición.

Ese resultado cambia bastante la interpretación de lo que ocurre durante un día invernal.

Sentir más ganas de comer no demuestra por sí solo que el cuerpo esté reclamando energía adicional. Puede existir un aumento del gasto energético sin que aparezca un incremento equivalente del apetito.

Además, una exposición breve a 18 °C no representa todas las situaciones de frío posibles. La respuesta puede cambiar cuando la temperatura es más baja, cuando la exposición dura más tiempo o cuando aparecen escalofríos. La evidencia disponible muestra, justamente, que el organismo responde de manera diferente según la intensidad y la duración del frío.

Por qué en invierno aparecen tantos antojos

Entonces, ¿por qué una tarde fría puede hacer que un plato de pastas, una porción de pan o algo dulce parezca irresistible?

La explicación probablemente no esté en un único mecanismo. La sensación térmica se mezcla con el ambiente y con los hábitos alimentarios.

Una comida caliente aporta una sensación inmediata de confort. Muchas preparaciones asociadas al invierno —pastas, guisos, panes, chocolate o postres— también son alimentos ricos en carbohidratos y forman parte de rutinas que se repiten año tras año.

Eso hace que hambre y antojo puedan confundirse fácilmente.

El hambre es una señal general que impulsa a buscar comida. Un antojo, en cambio, puede estar dirigido hacia un alimento concreto y aparecer incluso sin una necesidad energética urgente. Por eso alguien puede haber comido hace poco y aun así tener muchas ganas de chocolate o pan durante una tarde fría.

La temperatura puede contribuir al contexto, pero no permite concluir que exista una necesidad nutricional específica.

También conviene distinguir este fenómeno cotidiano de una situación clínica. El trastorno afectivo estacional es un tipo de depresión que sigue un patrón estacional y, en su forma invernal, puede incluir comer en exceso y antojos de carbohidratos. No es lo mismo que simplemente tener más ganas de determinados alimentos cuando hace frío.

El frío no significa que haya que comer más carbohidratos

Hay otro mito que aparece con frecuencia: si el cuerpo gasta más energía para calentarse, entonces durante el invierno habría que aumentar automáticamente las calorías.

La evidencia no permite establecer una regla tan sencilla.

El gasto energético adicional provocado por el frío en humanos suele ser relativamente pequeño y depende de múltiples factores. Además, la cantidad de alimentos que una persona termina consumiendo no aumenta necesariamente en la misma proporción.

La duración de la exposición también puede cambiar qué combustible predomina. En una investigación de exposición prolongada al frío se observó que, con el paso de las horas, disminuyó la participación relativa de los carbohidratos y aumentó la utilización de grasas.

Por eso no existe una fórmula fisiológica del tipo “cuanto más frío hace, más carbohidratos necesita el cuerpo”.

Tampoco funciona la idea contraria de que el invierno permite comer sin límites porque el organismo “quema todo” para mantenerse caliente. El cuerpo efectivamente puede gastar más energía frente al frío, pero eso no convierte cualquier exceso de comida en algo irrelevante para el balance energético.

La clave está en separar tres cosas que suelen mezclarse: la energía que el cuerpo gasta para producir calor, los combustibles que utiliza para hacerlo y las ganas conscientes de comer determinados alimentos.

En los días fríos, esas tres respuestas pueden coincidir, pero no son equivalentes.

Si aparece un fuerte antojo de pastas, pan o dulces, el frío puede formar parte del contexto, pero no alcanza para afirmar que el organismo necesite más carbohidratos. La evidencia muestra algo más interesante: el cuerpo puede modificar su metabolismo frente al frío sin que eso implique necesariamente un aumento del hambre.

Fuentes consultadas

Scroll al inicio