Mientras la conductora vive a contrarreloj entre MasterChef e Implacables, su hija eligió otro ritmo y otro mundo, sin cámaras ni exposición.

El dato más revelador no es solo a qué se dedica hoy Belén Roccasalvo, sino cómo y cuándo decidió correrse. No hubo escándalos ni conflictos públicos. La decisión llegó en silencio, en plena pandemia, después de un paso breve por los medios que le alcanzó para entender que ese no era su lugar.
Susana lo contó sin dramatismo, casi como una aclaración necesaria, cuando habló de su presente familiar y del nacimiento de su primer nieto, Simón. En ese relato íntimo apareció, casi de costado, la confirmación de que su hija había elegido un camino muy distinto al suyo.
Una frase que marca distancia
“No tiene nada que ver conmigo”. La frase, dicha con naturalidad, funciona como una frontera clara entre dos modos de vida. Susana es extrovertida, pública, de agenda cargada. Belén, en cambio, es reservada, de perfil bajo y con una rutina que no pasa por la televisión.
Ese contraste no es nuevo. Según la propia Roccasalvo, siempre fueron distintas, pero muy compinches. Cumplen años con un día de diferencia, se llevan bien desde siempre y nunca necesitaron compartir escenario para estar cerca.
El paso fugaz por los medios
Belén probó. Fue panelista de Tomás Dente, trabajó como columnista en La Flia y estuvo algunos meses en televisión. No fue un salto improvisado ni un capricho: miró el medio desde adentro y decidió irse.
La pandemia terminó de cerrar ese ciclo. Sin conflicto ni nostalgia, dejó la pantalla y eligió estabilidad. Hoy trabaja en una empresa de seguros, lejos del ruido mediático, mientras su pareja ejerce como abogado. Una vida distinta, deliberadamente distinta.
Dos agendas que no siempre coinciden
Hay un detalle que Susana repite y que pinta mejor que cualquier título la dinámica actual: muchas veces no llega a ver a su nieto porque cuando ella vuelve de grabar, Simón ya está durmiendo. El trabajo, una vez más, marca tiempos.
Belén, en cambio, organiza su vida desde otro lugar. Sin flashes, sin horarios de aire, sin producción esperando del otro lado del teléfono. Y esa diferencia, lejos de tensar el vínculo, parece haberlo ordenado.
No hubo renuncia pública ni declaración grandilocuente. Solo una elección personal que quedó clara en una frase suelta, dicha al pasar, pero cargada de sentido: no todo hijo de figura quiere —ni necesita— vivir frente a cámara.








