Adrián Suar y un rumor incómodo que volvió tras el llanto de Araceli

Una escena inesperada reactivó una historia que parecía cerrada. Un recuerdo de boda, un silencio largo y una incomodidad que todavía pesa.

Adrián Suar y un rumor incómodo que volvió tras el llanto de Araceli

El momento fue breve, pero dejó marca. Araceli González se quebró en la mesa de Mirtha Legrand y, sin decir demasiado, expuso una emoción que no encajaba con el paso del tiempo. No era enojo explícito ni un reproche directo. Era algo más difícil de nombrar. Y eso bastó para que una historia vieja volviera a girar.

A partir de ese llanto, Marcela Tauro recordó al aire un rumor que circuló en voz baja desde hace décadas y que ubica a Adrián Suar en el centro de una incomodidad persistente. Según contó en Infama, el comentario ya estaba instalado en 1997, el mismo día del casamiento con Araceli. “Yo cubrí esa boda y fue rarísimo”, dijo, sin vueltas. La frase quedó flotando, como un detalle que nunca terminó de acomodarse.

Tauro habló de una supuesta infidelidad que, según ella, se comentaba entre invitados y colegas. No dio nombres. Solo deslizó que se trataba de una actriz conocida, “del estilo de Araceli”, y que el tema era un secreto a voces en el ambiente. De esos que no se confirman, pero tampoco desaparecen.

Un recuerdo que no cerró del todo

La incomodidad, en este caso, no pasa solo por el rumor. Pasa por lo que provocó ver a Araceli emocionarse tantos años después. Hoy está en pareja, con una vida armada y lejos de aquel vínculo. Sin embargo, algo se activó. Tauro lo interpretó sin rodeos: “Algo emocional hay todavía”.

También recordó que la relación con Suar estuvo marcada por idas y vueltas, peleas previas al casamiento y un clima de control que nunca terminó de ordenarse. “Ella le revisaba todo, Suar era bravísimo”, lanzó, describiendo un contexto más tenso de lo que la postal pública mostraba.

Al final, la historia no vuelve por el escándalo, sino por la sensación de asunto inconcluso. Por lo que no se dijo en su momento. Por ese gesto mínimo —unas lágrimas— que reabrió una puerta que parecía cerrada. Y por la incomodidad de saber que, a veces, el tiempo no alcanza para acomodar todo.

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