Beto Casella y su picante confesión sobre Edith Hermida

Una frase lanzada casi al pasar, un mensaje con emoji de lágrima y una despedida sin saludo. En el medio, una relación laboral que nunca terminó de ordenarse.

Está perdidamente enamorada de mí”.
No fue un título armado ni una chicana. Fue la frase que Beto Casella dijo en voz alta, en Intrusos, y que cambió el clima de una charla que venía distendida.

La escena se dio en América TV, a días del estreno de su nuevo ciclo, BTV, y cuando le preguntaron por la versión que circulaba sobre su vínculo con Edith Hermida, tras su salida de Bendita. Casella no esquivó el tema. Tampoco eligió el tono neutro.

“Eso es verdad”, dijo. Y después agregó que lo habían hablado, incluso en grupo. La frase quedó flotando. No fue un desliz. Fue una afirmación directa, dicha con tranquilidad, pero cargada de consecuencias.

La despedida que no cerró

Casella recordó el último día de Hermida en el programa con una imagen casi cinematográfica: ella yéndose apurada, sin saludar, con lágrimas. “Tipo Lo que el viento se llevó”, bromeó uno de los panelistas. Beto asintió. No corrigió el cuadro. Lo validó.

Después vino el detalle incómodo: el beso antes de irse. No un abrazo formal ni una despedida fría. Un gesto íntimo, contado sin solemnidad, pero que desacomodó el relato de “solo trabajo”.

“Esto es un trabajo, no sé si merece tanta lágrima”, deslizó Casella. La frase no fue cruel, pero marcó distancia. Él ya estaba en otro lugar. Ella, claramente, no.

El mensaje que expuso el clima

Antes de arrancar el nuevo ciclo, Hermida le escribió. “Estoy muy angustiada”, con emoji de lágrima. Casella contó que intentó bajarle el tono: le pidió que disfrute, que afloje, que no se enferme por la situación.

Ahí aparece otra grieta. Mientras él hablaba de pasar página, ella seguía procesando algo que no parecía cerrado. No lo dijo así, pero se entendió.

Empatía sí, amor no

Cuando le preguntaron si se había enamorado, Casella fue claro: no. Habló de empatía, de cercanía física, de un código de juego con sus compañeras al aire. “Un piquito”, dijo, casi minimizando. Pero en este contexto, nada sonó menor.

Porque lo que para uno fue juego, para la otra pudo haber sido algo más. Y esa diferencia de lectura es lo que hoy vuelve incómodo el recuerdo.

No hubo acusaciones ni reproches públicos. Solo una confesión que, dicha sin dramatismo, dejó al descubierto una relación asimétrica.
Y cuando eso pasa en televisión, el silencio posterior dice tanto como las palabras.

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