Un gesto sarcástico, una frase incómoda y una discusión que dejó algo flotando en el aire: ¿es el periodismo el problema o hay algo que el actor sigue sin querer mirar?

“Traeme pañuelos”. No fue un pedido real. Fue ironía pura. Apenas terminó de escucharse al aire la charla íntima que Adrián Pallares contó en Intrusos, Marcela Tauro eligió ese gesto mínimo para marcar distancia. No levantó la voz de entrada. No interrumpió. Pero dejó claro que el tono de víctima que traía Luciano Castro no le cerraba.
El actor había hablado de tristeza, de cansancio y de un supuesto ensañamiento mediático después de su separación de Griselda Siciliani. Tauro escuchó todo. Y cuando le tocó opinar, fue directo al hueso.
“Se tiene que hacer cargo”, dijo, sin vueltas. Y ahí apareció el primer recuerdo incómodo: el día en que Sabrina Rojas se sentó en ese mismo estudio para defenderlo por la difusión de fotos íntimas. Para Tauro, ese antecedente no es un detalle menor. Es parte de una conducta que, según su mirada, se repite.
Un patrón que no se termina de cortar
Lejos de quedarse en la coyuntura, Tauro amplió el foco. “Es un hombre grande”, remarcó, y sumó otro nombre a la lista: Flor Vigna. No como chicana gratuita, sino como parte de una idea que viene sosteniendo hace tiempo: la ausencia de autocrítica.
Cuando Paula Varela intentó bajar un cambio y recordó que Castro no estaba en un buen momento anímico, Tauro no retrocedió. Corrió el eje. Habló de Siciliani, aclaró que no es alguien por quien sienta simpatía, pero reconoció que en esta situación “no la pasó bien”. Y volvió a nombrar a Rojas y a Vigna.
“Todos los años le pasa algo y siempre es una mujer distinta”, lanzó. No como sentencia judicial, sino como observación periodística. Una lectura que incomoda porque no apunta a un hecho aislado, sino a una repetición.
La frase que tensó todo
El momento más áspero llegó cuando Tauro rechazó de plano la idea de culpar a los medios. “¿El periodismo tiene la culpa? No”, dijo, y remató con una frase que quedó resonando en el estudio: “Hacete cargo, tenés 50 años”.
No fue solo un reto al aire. Fue una invitación incómoda a asumir decisiones, a revisar discursos y, si hace falta, a decir algo tan simple como que no se quiere una pareja tradicional. Sin victimización. Sin terceros como responsables.
La charla siguió, pero el clima ya estaba marcado. No por un grito, sino por ese gesto inicial, por ese “traeme pañuelos” que no pedía compasión, sino coherencia. Y que dejó abierta una pregunta que el actor, al menos por ahora, no termina de responder.








