Lejos del ruido y la exposición, la empresaria se refugió en la Patagonia junto a sus hijas para bajar un cambio y priorizar su intimidad.

La decisión fue silenciosa, pero clara. Tras confirmar su separación de Mauricio Macri, Juliana Awada armó las valijas y se fue al sur argentino. No hubo comunicados extensos ni explicaciones públicas. Hubo, en cambio, paisajes abiertos, aire frío y una elección personal: alejarse del centro de la escena para atravesar un momento delicado.
Desde la Patagonia, Awada compartió algunas postales en redes sociales. Imágenes simples, sin estridencias, que mostraron caminatas al aire libre, tardes tranquilas y la compañía constante de sus hijas, Valentina Barbier y Antonia Macri. Nada más. Nada menos. En ese gesto contenido, muchos leyeron una forma de cuidar lo propio.
La ruptura llegó después de 15 años de matrimonio y de una vida compartida atravesada por lo familiar y lo político. Mientras el impacto mediático crecía y aparecían versiones de todo tipo, Macri habló con cautela y dejó abierta la puerta a una eventual reconciliación. Awada, en cambio, eligió el silencio y la distancia. Una respuesta sin declaraciones, pero con rumbo.

Un descanso necesario
En el sur, la empresaria y diseñadora se mostró conectada con la naturaleza y acompañada también por amigas cercanas. Hubo caminatas, deportes acuáticos, golf, comidas especiales y momentos de descanso que marcaron sus primeras vacaciones lejos del ex presidente. Un paréntesis necesario en medio de un escenario cargado de atención pública.

Lejos de Buenos Aires y del ruido político, Awada parece haber encontrado un espacio para recomponerse. Sin discursos ni mensajes explícitos, su decisión habló por ella. Entre montañas y lagos, atraviesa un nuevo capítulo enfocada en sus afectos y en el bienestar emocional de su familia, más cerca de lo esencial y lejos de todo lo demás.








