La noticia se conoció el martes por la noche y generó un silencio pesado en el ambiente artístico, donde su nombre estaba asociado al trabajo constante y a la enseñanza.

La actriz, docente y musicoterapeuta Gaby Ferrero falleció a los 64 años. La confirmación llegó entrada la noche del martes y, casi de inmediato, empezó a circular entre colegas, alumnos y espacios teatrales que la conocieron de cerca. No hubo estridencias ni anuncios grandilocuentes: la noticia se propagó con la misma discreción que marcó buena parte de su recorrido profesional.
Ferrero nació el 1 de julio de 1961 bajo el nombre de Agueda Gabriela Ferrero. Se formó en actuación con Ricardo Bartís y amplió su entrenamiento con maestros como Javier Daulte, Pompeyo Audivert y Alejandro Maci. También estudió dirección teatral con Juan Carlos Gené y Guillermo Cacace. Esa búsqueda constante se completó con estudios de clown, tango, danza, técnica vocal, escritura y composición musical, una formación amplia que atravesó toda su carrera.
Una trayectoria sostenida, lejos del ruido
Desde sus primeros pasos como actriz, desarrolló una carrera ininterrumpida en el teatro independiente, oficial y comercial. Integró la compañía del Sportivo Teatral, fue parte del grupo Ácido Carmín junto a Eugenia Alonso y también del grupo Los Celebrantes, dirigido por Vivian Luz. Su nombre apareció, año tras año, en elencos y proyectos que no siempre estaban en el centro de la escena mediática, pero sí en el corazón del circuito teatral.
Su labor como actriz incluyó obras como La memoria futura, Voces de las abuelas, Bodas de sangre, El vestidor, Mi hijo solo camina un poco más lento, La crueldad de los animales y Rosa Mística, entre muchas otras. En televisión y plataformas participó en ficciones como Santa Evita, Graduados, El donante y Trátame bien. En cine, formó parte de películas como Los adoptantes, La flor, Los que aman odian y La mirada invisible.
La enseñanza como parte esencial
Además de actuar, Gaby Ferrero dedicó gran parte de su vida a la docencia. Desde mediados de los años 90 dio clases de actuación, especialmente a niños, niñas y adolescentes. Para ella, ese trabajo tenía un valor que iba más allá de lo artístico. Quienes pasaron por sus clases recuerdan la paciencia, la escucha y la convicción de que el teatro también podía ser un espacio de cuidado.
Su muerte deja un vacío silencioso, de esos que no siempre se ven en los grandes titulares, pero se sienten fuerte en las salas, en las aulas y en los vínculos construidos a lo largo de décadas. Allí queda su legado: una vida dedicada al arte, sostenida con trabajo, sensibilidad y compromiso.








