La ruptura sorprendió incluso a su entorno más cercano y dejó una decisión acordada que llamó la atención.

La separación de Mauricio Macri y Juliana Awada no tuvo escándalos públicos ni escenas de alto voltaje. Al menos no por ahora. Pero detrás del silencio inicial apareció un dato que generó incomodidad y sorpresa: un acuerdo previo sobre cómo y cuándo mostrar sus nuevas relaciones.
Después de 15 años juntos, la noticia cayó como un cimbronazo a comienzos de 2026. No solo por el peso simbólico de la pareja, sino porque, aunque se hablaba de una crisis, nadie esperaba una ruptura confirmada. Hubo gestos medidos, pocas palabras y un cuidado extremo por no desbordar el plano íntimo. Eso, justamente, fue lo que más llamó la atención.
Un arreglo antes de seguir adelante
El tema salió a la luz en La mañana con Moria, donde se habló de un pacto entre ambos: acordaron quién será el primero en oficializar una nueva relación. Según lo contado al aire, ese paso inicial lo daría Macri, y recién después lo haría Awada.
No se trató de una formalidad política ni de una exigencia protocolar. En el programa lo definieron como un arreglo personal, una manera de ordenar el impacto público de una separación que sigue bajo la lupa. La comparación con otros casos mediáticos no tardó en aparecer, pero el trasfondo fue claro: nadie quiere quedar expuesto antes de tiempo.
En medio de versiones cruzadas, también aparecieron nombres que incomodaron. El de Juana Viale circuló con fuerza, aunque ella misma salió a desmentir cualquier vínculo. En paralelo, se mencionó que Awada estaría conociendo a un empresario argentino radicado en Italia, sin confirmaciones oficiales ni fotos que lo respalden.
La frase filosa de Moria Casán terminó de ponerle palabras a lo que muchos pensaban: el cuidado por la imagen sigue siendo central, incluso cuando la pareja ya no existe.
Lo cierto es que, más allá de los rumores, Mauricio Macri y Juliana Awada eligieron transitar la separación con control y acuerdos previos. Una decisión que evita el ruido inmediato, pero deja flotando una pregunta incómoda: ¿cuánto de espontáneo queda cuando incluso el después está pactado?








