Desde una habitación silenciosa del Sanatorio de la Trinidad, David Kavlin decidió hablar. No hubo maquillaje, ni estudio, ni tono impostado. Solo una bata, la voz quebrada y la necesidad de explicar qué le pasó cuando el cuerpo dijo basta y el corazón se detuvo.

El conductor atravesó un infarto pocas horas después de jugar al pádel, en una mañana calurosa que parecía una más. Los primeros síntomas aparecieron rápido y fue su hijo quien dio la alerta inicial. Desde ese momento, cada segundo empezó a contar. Atención médica inmediata en el club, chequeos de urgencia y una certeza que él mismo puso en palabras: sabía que se estaba infartando.
“Sentís la opresión, el dolor en el pecho, en la espalda. Eso no se puede ignorar”, explicó, todavía conmovido. El operativo fue contrarreloj. Tres ambulancias, decisiones que podían cambiarlo todo y un traslado urgente al Sanatorio de la Trinidad, institución que Kavlin destacó por la rapidez y el trabajo coordinado del equipo médico.
El paro, el vacío y el despertar
El momento más crítico llegó a metros de destino. En la ambulancia, Kavlin entró en paro. No hubo margen. “Yo me había muerto”, dijo sin rodeos. No recuerda ese instante. Lo sabe porque se lo contaron después. Su despertar fue confuso: una cama de hospital, imágenes vagas de la infancia, la sensación de estar en su cuarto de cuando tenía diez años.
Tras la estabilización, llegaron los procedimientos médicos. Un stent, explicaciones claras y la confirmación de que había estado clínicamente muerto. Kavlin agradeció con nombre y apellido a quienes lo atendieron y salvaron su vida, desde cardiólogos hasta enfermeros y personal del sanatorio.
Volver con otra mirada
“Cumplí 54 años el 26. Volví a nacer el 27”, resumió. Sin golpes bajos, dejó un mensaje simple y directo: hacerse chequeos, escuchar al cuerpo, no minimizar las señales. También compartió una reflexión que atravesó todo su testimonio: la felicidad como actitud, no como meta lejana.
Hoy, David Kavlin habla desde el alivio, pero también desde la incomodidad de haber estado del otro lado. Vivo, agradecido y con una certeza que todavía resuena. A veces, el cuerpo avisa. La pregunta es si estamos dispuestos a escuchar.








