Una fecha grabada en la piel, una decisión íntima y un vínculo que sigue creciendo lejos del escenario. El gesto emocionó y dijo mucho más de lo que parece.

No fue una foto más ni un posteo al pasar. Esta vez, José María Muscari eligió mostrar algo distinto: un gesto íntimo, silencioso y profundamente personal junto a su hijo Lucio. Ambos se tatuaron la misma fecha, “18.12.23”, el día en que la adopción se volvió plena y la familia, definitiva.
Las imágenes aparecieron de a poco en redes, casi como quien no quiere hacer ruido. Primero un video corto, después las fotos del resultado final. El director se tatuó el número en el antebrazo; Lucio, debajo de la clavícula derecha. No hubo frases grandilocuentes ni producción exagerada. Justamente eso fue lo que más impactó.
“Primer tatuaje padre e hijo”, escribió Muscari. Y enseguida contó el origen de la idea, que no fue suya. “Me dijo: ‘viejo, ¿y si nos tatuamos nuestra fecha de familia?’”. La respuesta quedó grabada en una frase que resume todo: “Dejar marcado con tinta lo que la vida ya marcó para siempre”.
El gesto no se entiende sin mirar un poco más atrás. Lucio, nacido en Corrientes, había hecho algo inédito para un adolescente en Argentina: grabó un video público pidiendo ser adoptado. Fue directo, sincero y sin adornos. El mensaje se viralizó y llegó a lugares inesperados.

Entre quienes lo vieron estuvo Muscari. Algo en ese relato lo tocó de inmediato. Se contactó con los organismos correspondientes y decidió avanzar. El proceso llevó tiempo, trámites y paciencia. Lucio tenía 14 años cuando comenzó y 15 cuando la adopción se concretó, convirtiéndose en el primer adolescente del país en lograrlo a partir de una convocatoria pública.
Tiempo después, el propio Lucio explicó qué fue lo que lo convenció: “Él quería ser padre desde el lugar de dar amor, no solo de tener un hijo”.
Dos años más tarde, esa historia no se contó con palabras ni discursos. Se contó con una fecha, dos cuerpos y una decisión compartida. A veces, eso alcanza.








