La razón por la que cuesta tanto empezar tareas que en realidad son simples

Acciones cotidianas que parecen fáciles pueden quedar pendientes durante horas. La explicación no siempre está en la falta de voluntad: la procrastinación puede estar relacionada con el malestar que anticipamos, el miedo a equivocarnos, el aburrimiento o la sensación de estar sobrepasados.

La razón por la que cuesta tanto empezar tareas que en realidad son simples

Hay tareas que sabemos hacer, no llevan demasiado tiempo y, aun así, seguimos postergando. El mensaje que requiere dos líneas, el trámite que se resuelve en unos minutos, la ropa que quedó sin guardar o ese trabajo que sabemos perfectamente cómo empezar.

Cuando finalmente lo hacemos, aparece una pregunta difícil de evitar: ¿por qué me costó tanto empezar algo que era tan simple?

La procrastinación puede entenderse como la postergación voluntaria de una tarea aun cuando sabemos que demorarnos puede traernos consecuencias negativas. Un estudio realizado con 276 adultos de Buenos Aires encontró que quienes presentaban mayores niveles de procrastinación también asociaban con más frecuencia esa conducta con sentirse sobrepasados, el miedo al fracaso, sentirse poco preparados, una mala gestión del tiempo, el aburrimiento y la falta de motivación.

La clave está en que la resistencia no siempre aparece porque la tarea sea difícil. A veces aparece por lo que sentimos al pensar en hacerla.

Por qué una tarea fácil puede sentirse difícil de empezar

La dificultad objetiva de una actividad y la resistencia que genera no son necesariamente lo mismo.

“Ordenar el escritorio” parece una tarea sencilla, pero puede implicar decidir qué guardar, qué tirar, dónde poner cada cosa y por dónde empezar. “Hacer el informe” puede llevar menos de media hora, pero antes hay que abrir el documento, elegir una idea inicial y enfrentarse a la posibilidad de que el resultado no sea tan bueno como esperamos.

Ahí aparece una diferencia importante: hacer algo y anticipar que vamos a hacerlo no producen necesariamente la misma sensación.

La investigación argentina sobre procrastinación muestra que no existe un único motivo detrás de la postergación. En el estudio realizado con adultos de Buenos Aires, quienes tenían mayores niveles de procrastinación tendían a señalar factores como sentirse abrumados, temer al fracaso, sentirse poco preparados, aburrirse o tener poca motivación.

Esto ayuda a explicar una situación muy común: dos actividades pueden durar diez minutos y, sin embargo, una puede generar mucha más resistencia que la otra.

Lavar una taza probablemente no exige demasiadas decisiones. En cambio, comenzar un trabajo puede implicar pensar, elegir, concentrarse y aceptar que el primer intento quizá no sea perfecto.

Por eso el obstáculo puede aparecer antes de la actividad.

Cuando una persona piensa “tengo que hacer esto”, todavía no está haciendo la tarea. Está anticipando el esfuerzo, el aburrimiento, la frustración o la posibilidad de equivocarse. Si esa anticipación resulta desagradable, cualquier alternativa que ofrezca una gratificación inmediata puede volverse más atractiva.

El CONICET explica este mecanismo a partir de un ejemplo sencillo: postergar una obligación para hacer algo más gratificante puede producir un alivio temporal, aunque después aparezcan malestar y reproches por no haber cumplido con lo pendiente. La institución también señala que el miedo a no alcanzar el resultado esperado puede estar detrás de algunas formas de procrastinación.

Eso cambia la forma de interpretar la conducta. No siempre se está evitando la tarea; en ocasiones se está evitando momentáneamente la incomodidad asociada con ella.

El problema puede estar en el comienzo, no en la tarea completa

Una vez que una persona empieza, la actividad puede resultar mucho menos complicada de lo que parecía mientras la estaba evitando.

Pensemos en alguien que tiene cinco correos pendientes. Puede pasar una hora sin responder ninguno porque anticipa que será una tarea tediosa. Finalmente abre el primero, lo contesta en dos minutos y descubre que el siguiente tampoco requiere demasiado esfuerzo.

La tarea no cambió. Cambió la distancia entre imaginarla y estar haciéndola.

Esto también explica por qué el consejo “hacelo de una vez” suele quedarse corto. Si la persona ya sabe que tiene que hacerlo, repetirlo no resuelve necesariamente la barrera que aparece al comienzo.

Además, no toda postergación significa que exista un problema de procrastinación. El CONICET distingue entre una procrastinación situacional u ocasional, que puede aparecer en determinadas circunstancias, y una forma crónica en la que la postergación vinculada con el malestar se extiende a distintas áreas de la vida.

La diferencia importa. Dejar para mañana una tarea puntual porque estamos cansados no equivale necesariamente a mantener durante meses un patrón de postergación que afecta el trabajo, el estudio, los trámites o las responsabilidades personales.

También puede haber un componente emocional. Una investigación desarrollada en Argentina sobre regulación emocional y tolerancia al malestar encontró que, en el ámbito académico, quienes tenían menor tolerancia al distrés podían presentar mayor tendencia a interrumpir, postergar o abandonar actividades cuando aparecían emociones negativas como aburrimiento, frustración o malestar.

Ese resultado corresponde a estudiantes y no permite trasladar automáticamente la conclusión a toda la población. Pero aporta una pieza importante para comprender el fenómeno: cuando una tarea genera malestar, la capacidad de sostenerla a pesar de esa sensación puede influir en lo que hacemos a continuación.

Por eso tampoco conviene interpretar toda demora como falta de disciplina. A veces hay cansancio real, una tarea mal definida o una exigencia demasiado alta detrás de la dificultad para comenzar.

Qué hacer cuando el verdadero problema es arrancar

Una forma práctica de reducir esa resistencia consiste en dejar de pensar en la tarea completa y definir cuál es la primera acción concreta.

No “hacer el informe”, sino abrir el documento y escribir el título.

No “ordenar toda la casa”, sino juntar la ropa que está en el piso.

No “estudiar toda la tarde”, sino abrir el material y comenzar con la primera página.

La diferencia parece pequeña, pero elimina una parte del problema: ya no hay que resolver toda la tarea para empezar. Solo hay que saber cuál es el siguiente movimiento.

También puede servir establecer de antemano cuándo se va a comenzar. En lugar de una intención abierta como “mañana tengo que estudiar”, se puede asociar la actividad con una situación concreta: “cuando termine de desayunar, voy a abrir el material”.

La Universidad Nacional de Córdoba trabaja precisamente sobre la identificación de conductas de procrastinación y evitación, junto con estrategias de autorregulación, planificación y establecimiento de objetivos en estudiantes.

Pero reducir la tarea no significa que una misma técnica vaya a funcionar en todos los casos.

Si el problema es el aburrimiento, dividir la actividad puede hacerla más tolerable, pero no elimina necesariamente esa sensación. Si existe incertidumbre, primero puede ser necesario aclarar qué hay que conseguir. Si aparece miedo a equivocarse, comenzar con un primer borrador imperfecto puede resultar más razonable que exigir un resultado definitivo desde el principio.

Y si el problema real es el cansancio, descansar puede ser más útil que intentar forzarse a producir.

La pregunta más útil, entonces, no siempre es “¿por qué no tengo ganas?”. Puede ser “¿qué parte de esta tarea estoy tratando de evitar?”

La respuesta puede ser el aburrimiento, el miedo a equivocarse, la sensación de estar sobrepasado, la falta de preparación o simplemente la incomodidad de comenzar. En Argentina, esos son precisamente algunos de los motivos que las personas que procrastinan con mayor frecuencia identifican al explicar su propia conducta.

Entender esa diferencia permite dejar de interpretar cada demora como un problema de voluntad.

Porque una tarea puede ser objetivamente sencilla y, aun así, generar una resistencia considerable. A veces lo que cuesta no es hacerla: es atravesar el momento en el que todavía no empezamos.

Fuentes consultadas

  • CONICET: explicación sobre la procrastinación, el alivio temporal que puede producir postergar una tarea, el miedo al fracaso y la diferencia entre procrastinación ocasional y crónica.
  • Repositorio Institucional de la Universidad Católica Argentina (UCA): estudio realizado con 276 adultos de Buenos Aires que analiza la procrastinación y los motivos que las personas asocian con esta conducta, entre ellos sentirse sobrepasado, miedo al fracaso, falta de preparación, problemas de gestión del tiempo, aburrimiento y falta de motivación.
  • CONICET Digital / Universidad Nacional de Mar del Plata: investigación sobre regulación emocional y tolerancia al malestar en estudiantes universitarios.
  • Universidad Nacional de Córdoba (UNC): material institucional sobre procrastinación académica, evitación, autorregulación, planificación y establecimiento de objetivos.

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