Una charla íntima, sin reproches ni discursos, que la enfrentó a una sensación inesperada como madre. Lo contó con palabras simples y una reflexión que dejó pensando.

Guillermina Valdés no suele abrir esa puerta. Cuando habla de sus hijos, mide cada palabra. Por eso, cuando recordó el día en que Paloma le habló de su orientación sexual, lo hizo desde un lugar incómodo pero honesto, sin bajar línea y sin buscar aplausos.
Fue en una charla televisiva con Moria Casán donde dejó asomar ese recuerdo. No habló de gritos ni de discusiones. Tampoco de un momento solemne. Lo que apareció fue algo más silencioso: una sensación interna que no esperaba. “No es que me enojé, sino que no me gustó no haberme dado cuenta”, confesó. Esa frase, corta y directa, marcó el tono de todo lo que vino después.
Guillermina explicó que su vínculo con sus hijos nunca fue vertical. “No les bajo línea”, aclaró, y habló de un ida y vuelta constante, de un feedback que también la transforma a ella. Sin embargo, cuando Paloma le contó su historia, lo que sintió fue una especie de desconexión. “Me generó esa cosa de sentir que estaba desconectada como mamá”, admitió, sin dramatizar pero sin esquivar la incomodidad.

Una familia que eligió el bajo perfil
Durante años, Guillermina Valdés y Sebastián Ortega cuidaron la exposición de sus hijos. Aun después de la separación, esa decisión se mantuvo. Recién ahora, con todos ya mayores de edad, empezaron a aparecer públicamente. Dante, el mayor, habló tiempo atrás de su orientación sexual y de cómo fue recibido dentro de su familia. Paloma siguió ese camino, compartiendo en redes su relación con otra mujer.
Lejos de poner etiquetas, Guillermina fue clara en su mirada. “La elección no es la identidad”, dijo, y fue más allá: aseguró que las personas no se definen por con quién se acuestan. No dio detalles de las charlas privadas, pero sí dejó una idea firme sobre la intimidad y el respeto.
Al cerrar, no buscó una enseñanza grandilocuente. Solo una reflexión sencilla, casi cotidiana: si algo es sano, cuidado y respetuoso, está bien. A veces, aceptar también implica revisar lo que uno creía tener resuelto. Y eso, incluso para una madre, puede incomodar.








